Paula Ćaćić

PVP: 17 €
un cuerpo dado epicentro de una identidad, lenguaje y mapa, arca y todo · cuerpo-territorio marcado desde el que irrumpir en el espacio del otro para tantear los vínculos · cuerpo tocado por otros cuerpos, no siempre consentidos · cuerpo presagio de mortalidad, aunque amado y protegido ante la textura de mano y mirada de hospital · desde este cuerpo se reconstruye la geografía derramada e invadida · se reescribe el paisaje cotidiano de bulgaria, donde se celebra el ritual del café, mientras los gritos de las mujeres llenan las callejas y se comparte el amor como un viaje impredecible a través de estaciones de paso, de las que se puede volver con las manos vacías · porque con la ausencia se miden los días entre los amantes · porque cualquiera puede morir amando · cuerpo oliendo a tristeza, como animal, busca lo más sagrado, una caricia · cuerpo refugiado en un poema · la poesía de paula cacic conecta visceralmente con el lector por medio de una cadencia íntima y un lenguaje sencillo y directo, para entregarnos la cruda vulnerabilidad ·
Patricia Crespo Alcalá
Detalles
Autor
Traductor
Diseño
PVP
Género
Colección
Número de páginas
Tamaño
ISBN
Paula Ćaćić
Miguel Roán
María Vera Avellaneda
17 €
Poesía
horizontes: poesía
116
14,8 x 21 cm
979-13-87535-12-4
Autora
Antes de aprender a escribir, aprendí a dibujar. Dibujar fue mi primer amor de infancia, mi válvula de escape y mi pasatiempo. Como era una niña tranquila e introvertida, solía observar el mundo que me rodeaba en silencio y después recurría al papel, al que decidía transferirlo. Creo que ese fue, en realidad, el comienzo de mi escritura. Cuando mi amor por el dibujo se desvaneció, primero comencé a leer poesía y luego a escribirla. Pero seguí observando el mundo a mi alrededor y absorbiendo los estímulos externos.
Soy terca, y a veces creo que tengo una historia que contar. Pero escribir no es solo un impulso; escribir es trabajo. A menudo no tengo ni ganas ni tiempo para ese tipo de trabajo. Sin embargo, a pesar de ello, a veces las palabras brotan de mí. A veces detengo todo a mi alrededor y me sumerjo, cuidándolas con esmero, trasplantándolas, regándolas.
Y entonces simplemente tengo que seguir escribiendo para que la maleza no me obstruya.
La tortuga
Era grande, con un hermoso caparazón colorido. El abuelo la encontró y me la trajo. La llamé Esmeralda. Siempre tuvimos gatos, pero nunca una tortuga. Llenamos un barreño con agua para ver si disfrutaba en ella. Esme no estaba emocionada. Le rompía hojas de col y lechuga, atrapaba insectos voladores, pero Esme no tocó nada de eso. Mamá me decía que la dejara en la naturaleza porque, claramente, no le gustaba estar con nosotros. Con el corazón partido, fui al jardín y la puse en el suelo. Era un caluroso día de verano. Esme se alejaba de mí lentamente y con torpeza hacia la libertad. Muchos años después, mis padres cuidaron a la pequeña tortuga acuática de unos vecinos que se fueron al mar. La observábamos, le saludábamos golpeando suavemente el cristal, y ella abría su pequeña boca con asombro. Tras tocar en la cajita, recibía su comida preparada. Seguía nadando, luego trepaba un poco por las piedras, y así una y otra vez. Entonces me di cuenta de que había hecho lo correcto al dejar que Esme buscara su hogar.
